“La conciencia crea el orden, no lo descubre.” Yo.
Qué sea la verdad última, el ser en si, ha sido una
pretensión del hombre desde tiempos
remotos. Es necesario una cosmogonía que sustente la cultura, que ordene el
caos que es la naturaleza. El animismo, la religión y la razón, en ese orden,
han aparecido en auxilio del hombre para moldear su espíritu, y de está manera
su cultura, a lo largo de su historia como especie. Sin embargo, estas tres modalidades de
ordenación de la realidad, no son más que antropomorfismos, una proyección del
hombre en la realidad per se . Algo es cierto, ya lo dijo Kan, no estamos
seguros de que sea la realidad en sí misma, es decir, independiente del hombre,
de su experiencia en está, de su interpretación limitada de la misma. No
tenemos mas que los cinco sentidos para experimentar, para percibir la realidad
que nos trasciende, de la cual estamos limitados por el perímetro de nuestro
cuerpo físico, no propiamente por la piel que falsamente parecería la frontera
entre el yo y la realidad, sino entre la conciencia y el propio cuerpo. La
conciencia, no es parte física de nuestro cuerpo, por lo tanto no pertenece a
esa realidad trascendental del concepto kantiano. La conciencia del yo se
pierde en el infinito de Fichte: el yo que se piensa así mismo, que a su vez
debe ser pensado, para tener sentido de existencia, por otro yo que lo piensa.
La conciencia es el pensar, decía Descartes: “cogito ergo
sum”, pienso luego existo; pero el que piensa, piensa en algo, no hay
pensamiento puro. Las ideas innatas, demuestra Kant en su “critica de la razón
pura”, son una ilusión. Dice Kant, hay conceptos previos sin los cuales la
conciencia no puede experimentar el mundo, ni así misma, son la base de la
realidad y la conciencia misma. Deduciendo de las matemáticas y la geometría,
el tiempo y el espacio como ordenadores del mundo en función de la razón,
Kant razona: podemos pensar en un espacio
vacío, pero no en objetos sin espacio; podemos pensar en tiempo sin sucesos,
pero no en sucesos sin tiempo. El éxito
del mundo racional yace en estos dos conceptos kantianos sin los cuales la
realidad y la conciencia no tienen sentido; más tarde dirá Hegel: “todo lo real
es racional y todo lo racional es real”, lapidaría consecuencia del
racionalismo.
Sin embargo, lo racional sigue siendo un antropomorfismo,
una proyección del propio hombre en la naturaleza.
La naturaleza es un ente caótico, con estados de equilibrio
pasajeros, son la probabilidad y la estadística las que crean la ilusión del
orden y la inmutabilidad de determinados
procesos naturales. La conciencia del hombre, entonces, creó está quimera. No
están el universo, ni la naturaleza, determinados por leyes que lo ordenan todo,
de manera cómoda y comprensible para el hombre, son más bien caóticos e
indeterminados, de ahí su potencial creativo. La casualidad y no la causalidad
rige el universo. La verdad es una creación humana, una inferencia lógica,
cuyas leyes son arbitrariamente impuestas por el hombre y su momento particular
histórico. ¿Se sigue de ahí, que la verdad no sea deseable?, por su puesto que
no. Sin embargo, la verdad como producto de un momento cultural, de un contexto
histórico, es tan caótica e indeterminada como la realidad trascendental, así
como la conciencia que la creó (de hecho no podría haberla creado sin ser
caótica). Decir que la verdad es inmutable y eterna es insostenible. El mundo,
la naturaleza y el hombre son caótico e indeterminados, con lo cual se vuelve
al principio: el caos es la única realidad pensable, el hombre se busca en él
para perderse y encontrarse, recreándose así mismo.
El filósofo tiene pretensión de verdad. El cretino cree
poseer la verdad, cuando la verdad no se posee ni así misma.
“Dios no juega a los dados”. Albert Einstein (Físico-matemático, 1879-1955)
“Dios no sólo juega a los dados, sino que los tira donde
nadie los ve”, “si dios existe y creó el universo, después ya no le importó”,
“nunca existió el momento de la creación...¿dios?, esa hipótesis no la tome en
cuenta a la hora de elaborar mi teoría” (al Papa Juan Pablo II en el
Vaticano). Stephen W. Hawking (Físico teórico, 1942-).